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Me acordé del papá de Lucía. Son esas cosas que me irrumpen de repente.
Era un viejo que se quería morir y que encima un día se le muere el gato; Groucho: un gato negro azabache. En esa época ya estaba viviendo con Lucía porque Chito, como andaba mal de la cadera, se había caído dos veces.
La noche que Lucía encontró muerto a Groucho, el viejo se había ido a jugar al truco con los muchachos; porque todavía conservaba esa vida de gigoló pasado de moda. Cuando volvió, cerca de la una, estaba todo planeado: Lucía tenía miedo de que le agarrara un ataque de depresión o de tristeza y se muriera por eso, entonces, le dijo que se había ido y no había vuelto.
El viejo pensó que se había rajado de joda, como siempre. Porque si hay algo en lo que somos parecidos con Groucho es en eso, decía Chito. Pero lo esperó y lo esperó... y nada. Agitó las pelotitas esas que comía el bicho y nada.
La historia termina bien, qué se yo. El viejo no quedó triste, sino enojado por el traidor de Groucho, que había sido su pasatiempo en los últimos años. Y ese fue su motivo para seguir viviendo. Caminaba por la calle buscando a ese gato de mierda, como comenzó a llamarlo. Cuando lo encuentre, lo mato a ese traidor, dijo hasta que un invierno terminó de bañarse y un paro cardíaco ni siquiera le permitió vestirse.

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