18.1.08 

marcos-6/kafka
nunca había estado tres días a la deriva, sin nada que hacer ni lugar dónde ir. caminó horas y horas, exploró, y sólo se detuvo para dormir, comer y comprar coca-cola. durante el encierro había extrañado la coca-cola. su hijo, su mujer, todo lo que lo destruía por dentro, pero el hombre también está hecho de estas pequeñas cosas, costumbres. por eso, cuando volvió a beber ese gusto dulce y las burbujas le cosquillearon el paladar se sintió estúpidamente completo; eructó salvaje, alarido leónico, y ya habría tiempo para volver a las implosiones solapadas de caballero inglés.
una de las dos noches, descansó en un banco de la estación de tren; no sabía por qué razón, pero ahí los perros no ingresaban con tanta facilidad. durmió sentado porque pensó que la imagen desde lejos de un tipo sentado era más activa la de alguien acostado que presumiblemente estaría durmiendo. obvio. cuando despertó era todavía de madrugada y no había sol. no había podido casi dormir. sólo descansó en alerta, perseguido, una especie de stand by para ahorrar energías pero nada de desenchufarse. el cansancio de la caminata nunca pudo contra el vibrato intraterreno de cada arribo del tren y el posterior anuncio por altoparlantes. abrió los ojos de a poco, pero sabía que no iba a volver a intentar dormirse. vio gente que subía y más gente que bajaba del tren y en ese vistazo percibió la presencia de un hombre recostado al otro lado del banco. se paró sobresaltado y ese movimiento lo despertó.
tranquilo, kafka, que no muerdo como esos perros de mierda, le dijo el hombre; hablaba como en cámara lenta, parecía borracho. aunque su cuerpo estaba estático, marcos estaba en guardia, ya había tenido demasiado con su primer encuentro callejero. el tipo siguió: tranquilo, kafka, tranquilo, soy sólo un escritor frustrado durmiendo en su último lugar de trabajo, en definitiva, un colega, nada más que eso. marcos no dijo nada. siguió mirándolo fijo y le descubrió su joroba mientras se incorporaba; su almohada era un mamotreto de hojas de diferentes tamaños atadas. el escritor sacó un cigarrillo medio roto del bolsillo izquierdo del pecho de su camisa roñosa, lo miró como inspeccionándolo, se peinó el bigote cano y aceitoso como si corriera la cortina de su boca, lo partió a la mitad y encendió una punta.
te parecés a kafka, insistió. volvió a pitar y justificó: por las orejas, viste. marcos se dio vuelta y comenzó a caminar. el escritor quedó solo, hablando como un loco. marcos sintió que tenía que irse. no le interesaba establecer contacto con ese tipo, ni con nadie. en pocos pasos, llegó a los molinetes de la estación y saltó. después de unos metros, caminó con el alivio de no ser visto, la invisibilidad de ser nadie.

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19.11.07 

marcos-5/último día
después del portazo, llamó el ascensor tocando el botón compulsivamente. no quería que ana repitiera otro escándalo en el pasillo. debió mentir, no decir nada de la reunión. no aprendía más. debió irse y ya, como se iba en ese momento. irse rápido, sin darle posibilidad otra vez del: ¡casi te matan, enfermo!; y mucho menos volver a justificar la causa como la última vez en que ana le revoleó un portarretratos y lo cortó en el pómulo.
desde hacía siete meses, no había diálogo posible. ana quería que dejara todo. ¡para eso me embarazaste!, le reclamaba. basta de reuniones, padre y punto: un hombre que trabaja y gana plata para mantener a su familia, marcos, un padre que tiene miedo por su hijo, algo normal ¿entendés? ¡eso es lo único que quiero!.
volvió a tocar el botón pero el ascensor estaba estancado en el 5 y, antes de no poder controlar sus ganas de fumar -hacía tres semanas que era un no fumador de los débiles-, terminó bajando por las escaleras. escuchó un ruido de puerta, pensó que era ana y aceleró el descenso. escapó. al fin. sólo era cuestión de hacer unas horas de tiempo en la calle, reunirse, volver cuando el dardo del sueño hubiera calmado a la fiera concubina, entrar sigiloso, juntar los destrozos y a dormir en el sillón.
y si lo esperaba despierta, gárgola agazapada, monstruo ojeroso, camisón y zapatillas para no lastimarse los pies, tendría que soportarlo todo otra vez: los insultos a los gritos, los trozos en el piso de vidrio y cerámica, poner la televisión a todo volumen y encerrarse en la trinchera de la casa: el baño. eso y, por sobre todas las cosas, evitar el patetismo de quedarse dormido sentado en el inodoro con los pantalones bajos y la revista de chismes abierta en el suelo.
apenas puso un pie en la calle se lo llevaron. no llegó a prender un cigarrillo.

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23.5.07 

marcos-4/diez años
al ser liberado, no sintió que durante el tiempo del encierro le hubieran salvado la vida. siempre pensá en eso, le hubiera repetido un vigilante, pero no era eso lo que le pasaba por la cabeza a marcos mientras caminaba por la calle y redescubría la superficie ahuevada del empedrado en las plantas de los pies como si un detalle de ese tipo pudiera ser borrado de la memoria. lo habían cambiado. le habían puesto en remojo la vida y quedó reducido a lo que llevaba consigo apenas lo soltaron: el cheque equivalente al dinero en efectivo que, según le dijeron, era lo que hubiera ganado en un trabajo mediocre durante el tiempo del encierro; los cigarrillos que le regaló su último vigilante; y la ropa del día en que se lo llevaron: la camisa leñadora rojiza, los calzones, los jeans gastados y las zapatillas de cuero blancas sin medias. eso era el nuevo marcos: más viejo, de barba canosa y cabello cada vez menos resistente a la ley de gravedad.
cinco cuadras después, cuando la madrugada insistía oscura, tuvo la necesidad de hacer y la indecisión de no saber qué, todo o nada, escándalo u homenaje. pensó en regresar a algún lado, no sabía a dónde, dobló a la izquierda y lo único que encontró, además de otros perros que se sumaban a los que había visto al bajar del auto de ruido gasolero, fue la silueta de una mujer parada en la otra esquina; estaba apoyada en la pared mirando para el lado que traía el hipotético tránsito a esa calle deshabitada y le daba la espalda. esperaba un colectivo o algo por el estilo, seguro. se le acercó sin apuro, convencido de que proceder de otra manera podría asustarla; ya hay que juntar demasiado coraje para estar en la calle a ese horario, pensó. se acercó a dos metros, la descubrió cuarentona con un refilón de su perfil y dudó, sintió que comunicarse con el afuera le era imposible, como si fuera una especie de estúpida e insoportable primera vez adolescente. quiso preguntarle cómo volver o iniciar una conversación cualquiera, pero los diez años no habían sido en vano: la arrebató por detrás y ella intentó resistirse; pataleaba en el aire y marcos no detenía su manoseo agitado mientras la enlazaba de la cintura con un brazo. la fuerza reposada durante los diez años, en que su único objetivo era evitar el suicidio, era su aliada en eso de aprovechar aquella oferta: la oscuridad, el frío de la noche, la calle inhóspita puesta a su paso como una invitación insoportable, la facilidad del vestido, las piernas robustas bajo las medias de lycra, la abundancia carnal, la respiración demencial, las trompadas que revoleaba al aire, deliciosa violencia, y, segundos después, cuando la resistencia parecía disminuir, lo mordió, hembra caníbal, en la mano derecha que le tapaba la boca. pero eso no fue nada, no, el dolor no era efecto; nada de eso entraba en su razonamiento cuando lubricó la cabeza de su verga agarrotada con la mano derecha que chorreaba sangre y en sólo cinco estocadas alcanzó el desahogo final que lo derrumbó contra la pared.
la mujer giró y le pateó la cara hasta que le faltó el aire; fuerte, de punta, bestial, masculina. era la primera vez que le pegaban en más de diez años. si hubiera podido hacer el esfuerzo de recordar la última vez, no lo hubiera logrado. marcos no podía nada. su alivio era sedante, pomposidad, destellos visuales, anestesia y ni siquiera pudo experimentar la sorpresa al verle la cara de hombre antes de que se fuera taconeando con valentía la vereda húmeda de rocío en ese lugar que todavía no reconocía. tirado, con la cara hinchada y la pija muerta en rojo sangre, creía estar seguro de que el lugar donde lo habían dado por muerto hacía más de diez años quedaba lejos de esa esquina en la que acababa de renacer.

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10.4.07 

marcos-2/marx
terminó los crucigramas de la contratapa del diario después del tercer café. la última palabra había sido laúd y se había formado por la resolución de araucano y paramaribo. todavía no había leído las noticias de tapa. luego llamó a su madre para constatar que acababa de cumplir un día más de vida en su agonía épica desde la muerte de su padre. hizo un intento de lavado de platos compilados desde hacía días, pero desistió al darse cuenta de que ya no quedaba más detergente, ni siquiera cuando abrió la canilla y humedeció la esponja.
anotó en la listita imantada en su heladera: detergente. dudó en la g.
fue al balcón a alimentar a marx con restos de fideos y churrasco de la noche anterior y en segundos ya había tres gatos más comiendo a su lado en el árbol que da al departamento. parado con sus manos apoyadas en la baranda, observándolos alimentarse todavía con elegancia, sus hombros lo anoticiaron del escalofriante clima enrarecido del otoño y esa sensación repetida de lluvia inminente. le hizo unas rascaditas a marx en la quijada a modo de despedida hasta la tardenoche, entró, cerró el ventanal y terminó de vestirse.
en descenso, con los ojos puestos el conteo del número rojo del ascensor, se dio cuenta de que había olvidado el paraguas; uno ridículo que no recordaba haber comprado jamás pero que había tenido desde siempre. se dejó llegar a planta baja, presionó el 3 en el tablero numérico y cuatro minutos después estaba diciéndole su buen día protocolar a trini, la portera que cada mañana tenía el mismo comentario apocalíptico para todos los inquilinos: buen día si dios quiere.
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16.3.07 

marcos-1/resurrección
tuvo miedo de morir. era la paranoia de la droga que se le había vuelto puntada en el flanco izquierdo de su pecho. incluso había algo en marcos que estaba conciente del síntoma ficticio, pero, de todas formas, tuvo miedo de morir. un miedo feroz, un miedo que lo carcomía como un cáncer, como si aquello fuera la revelación de la muerte. pero antes de quedarse dormido en el sillón como si lo hubieran desenchufado y de que el control remoto se estrellara contra el piso, habiendo atravesado el convencimiento interno de que todo está bien, logró tranquilizarse y sintió que eso era lo único parecido a la resurrección que se le concedería en esta vida.

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¿quién soy?

  • un tipo que escribe lo que su miopí­a galopante le permite ver.
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