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irse
ni era una huída, ni lo apremiaba el deseo de una adolescencia a punto de estirar la pata. sólo se tenía que ir.
no estaba mal en su casa, pero definitivamente se podía estar mejor. la hipotética mudanza a un monoambiente de expensas discutidas y alquiler rasposo volvía sus proyectos posibles; incluso a pesar de tener perfecto conocimiento de que sus proyectos no dependían realmente de eso y que todo era producto de la tentación a postergar.
hasta los objetos de su habitación parecían pedírselo. los ridículos posters viejos, la cama marinera que en un tiempo fue recurso oriental para la falta de espacio y hoy es un rejunte del universo, los libros, los diarios, los discos, los libros, los diarios, los discos, los libros, los diarios, los discos... todos los objetos parecían implorarle: aquí no entramos, mi querido, falta espacio, por favor.
además, vivir en las afueras nunca fue negocio. viajar una hora y pico para llegar a cualquier lado no es divertido para nadie. es como trabajar casi tres horas más por día, como salir de excursión cada mañana pero con la desazón de que el destino sea sólo el trabajo. viajar se vuelve parte del empleo, incluso si uno ha podido leer prosas maravillosas gracias a todos esos viajes. a la larga, la cuenta da negativo.
desde hacía rato quería mudarse al centro. costaría dormir los primeros días por el ruido de los colectivos y tal vez extrañara pisar el pasto descalzo en las noches de calor, pero lo necesitaba como las vacaciones. por una vez, precisaba hacer ese viaje de hora y pico hasta el centro y quedarse.
parecía decidido y buscó. inmobiliaria, diario, clasificados, departamento de un amigo, de un amigo, de un amigo, el viejo que no acepta adolescentes, pero tengo 24, disculpe pero no, y así hasta que encontró.
llamaron de la inmobiliaria, por favor con el señor tal, hola, sí, ahá, bueno, ¿esta tarde?, hasta luego. fue, conoció el departamento, no era gran cosa, pero antes se había convencido de que no daría un paso atrás. era la oportunidad y no había que recular. entonces, aceptó.
la primera noche en su casa nueva fue genial. era lo que había soñado: fiesta con amigos, todos lo felicitaban, música fuerte hasta la madrugada y ningún vecino quejoso. hasta le pareció parte de su nueva vida limpiar el baño en estado deplorable al otro día y llamó al colo para contarle que estaba encargándose de su vómito. sos el primero que vomita en casa, le dijo entre risas.
pero el tercer día comenzó aburrido. la llamó y conversó varios minutos hasta que la invitó otra vez. lo pensó mil veces antes de mudarse: verla, sí, que se instale, no. del otro lado se oyó un no camuflado de ocupación: tengo facultad hasta las doce, mañana entro a laburar temprano y tengo un viaje de locos. ufa. antes de cenar, le sonó el celular. al fin. atendió y era mamá para ver cómo estaba. pasó una noche terrible. no podía dormir y llamó a nico. se había ido a lo de carla.
acostado boca arriba, sufriendo la falta de un mísero ventilador, siguió mirando el techo con el pecho de tres pelos desnudo y los calzones de antes de ayer, piernas abiertas y brazos extendidos. va a estar bárbaro, se convencía. era el comienzo de lo que esperaba hacía rato: vivir cerca de lo que siempre había estado lejos. no había tenido demasiado en cuenta que, para eso, debía alejarse de lo que siempre había tenido cerca. el calor sofocante de diciembre no ayudaba en eso de tenerse confianza.
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