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sucedió tal cual
lancaster había nacido hermoso. de padre irlandés y madre descendiente de italianos, el pequeño martin había nacido en cuna de paja, pero su madre estaba tranquila: había sido leo. su personalidad sería suficiente para destacarse en lo que se propusiera. estaba convencida.
a tirones de pelo, la suerte, la belleza y, por sobre todas las cosas, el haber terminado en la cama de una productora de televisión entrada en años poco después de cumplir los veintiuno, llevaron a lancaster a ocupar desde su adolescencia un espacio importante en la pantalla fabricante de grandilocuencias. era galán de telenovelas. galán de pelo en pecho, beso arrebatado, cachetazo recio, frases contundentes y mirada de primerísimos planos. un producto digno de las osadas telenovelas de la noche.
salir a la calle se le volvió traumático en casi un año y medio de fama. entonces, prefirió el encierro en vez de los gritos y los tirones de ropa, pelo y otros atrevimientos de pasillo. compró un loft en un barrio de famosos y comenzó a observarlo todo desde la tv, la radio, los periódicos y la estupenda vista de su octavo piso. hizo fiestas privadas, invitó vedettes ofrecidas por peluqueros homosexuales, invitó viejos amigos desconocidos para el ambiente y conoció la marihuana, la cocaína y las drogas de diseño gracias a una modelo descarriada. las compró, las compartió con todos los demás, no pensó en suicidarse desde el balcón ni siquiera en su peor estado y descubrió tarde a led zeppelin en esos días enteros sin dormir.
actuó en novelas exitosas, filmó películas taquilleras, tuvo sexo en bambalinas, decorados y en la misma ficción. las celebridades de tv dijeron que no hubo ni habría otro como él y le siguieron pagando fortunas hasta que un día se acabó el contrato y nadie lo renovó. parecía que se había acabado todo, pero la realidad es que seguía teniendo muchísimo dinero, drogas y mujeres.
cada cuatro años, lancaster aceptaba una entrevista y decía barbaridades sobre los nuevos galanes. entrado en sus cuarenta y pico, pero todavía con la estampa que derretía el plomo, accedía al pedido de alguna periodista mujer, respondía como si todo fuera un juego, intentaba llevarla a la cama, la mayoría accedía y luego, borracho hasta el vómito, las echaba a los gritos.
reconoció hijos en cuanto rincón del país había visitado, repartió el dinero correspondiente, jamás los conoció y una tarde recibió un llamado molesto. como casi todos los que había recibido de abogados, periodistas y hasta algunos seudo amigos del último reviente.

-¿lancaster?
-ahá.
-soy connie arfuch, de sexappeal, una empresa dedicada a los placeres.
-...
-le llamará la atención mi llamado, pero es para contratarlo para uno de nuestros proyectos más ambiciosos. la empresa quiere que usted sea la cara de nuestra marca y como usted no tiene agente...

le habían ofrecido que el nuevo modelo de vibrador de sexappeal fuera a imagen y semejanza de su miembro y no pudo evitarlo: más que la cara, quieren que sea la cabeza, respondió jocoso. él nunca había hecho un desnudo completo. sólo se le había visto el culo en la popular escena de moriré por tí, del director español alex miranda ramos, pero nada más. aceptó porque le pareció divertido que una empresa dedicada al sexo, casi desconocida, se volviera popular por su participación.
sucedió tal cual. los medios se hicieron eco, pidieron entrevistas, se negó rotundamente y el producto fue un éxito descomunal al punto de tener una publicidad diaria en el primer corte comercial de la novela de las 22hs. en el ocaso de su carrera, lancaster lo había vuelto a hacer. a falta de entrevistas, los medios gráficos imprimían reseñas extensísimas de su carrera y mientras más le rogaban peor los trataba.
con casi cincuenta años y un examen de próstata en su haber, lancaster volvió a recibir otro de esos llamados. esta vez era un joven director de cine. lo invitaba a participar en su ópera prima como el malvado de la historia: un asesino fetichista que intentaba matar a una estrella de cine para ser el único que tuviera sexo con ella antes de morir. respondió que le diera un día para pensarlo, pero al cortar ya había tomado la decisión.
esa noche, después de otro fracaso nada traumático en eso de dejar las drogas, volvió a mirar la ciudad por el balcón de su octavo piso y todo estaba igual que siempre. lo único diferente seguía siendo él.

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