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zárate, al pie del puente
después de tomar el tren en villa ballester por sólo dos pesos, viajar casi dos horas y veinte minutos más de caminata desde la estación de zárate, llegamos al puente brazo largo y era gigante. estábamos los diez mirando para arriba el ciempiés gigante embalsamado en hierro, cemento y demás.
el evento de rock, hip-hop y graffitis ya había arrancado un día antes, cuando el graffitero pelado con el que charlé recién empezaba los primeros trazos de su obra en uno de los cuatro paredones del pie del puente.
-¿ustedes hacen lo mismo que banksy? -arranqué desde la completa ignorancia.
-no, para nada, lo que él hace es stencil. usa moldes. lo nuestro es todo mano alzada.
-che, ¿y se juntan antes para arreglar el estilo de lo que van a pintar y dónde lo va a hacer cada uno? -me habían llamado la atención los cuatro dibujos distintos en el mismo lado del pie del puente.
-nah, nos ponemos y pintamos -me dijo simplón, como si: no hay secretos acá, flaco, y siguió mirando su parte del graffiti.
me alejé un poco con fer y el pelado seguía con la vista clavada en el paredón; su parte es la más oscura, la de la derecha de la foto y la que menos me gustó. se le acercó otro graffitero y escuchamos que comentaban entre sí una interna del grupo: acá bardearon, dijo el otro como si no hubieran entendido la parte conceptual de ese lado del pie del puente. son puro ego, ya fue, concluyó el pelado.
volví al lugar donde habíamos dejado los bártulos y miré en detalle el puente para evitar el contagio diciéndole a lea que tenía hambre. no daba más, pero, observando la estructura metálica anaranjada, le dije: el que hizo esto es un genio. no me contestó. insistí: ¿cuánto tendrá de alto?. qué se yo, me dijo lea ya con las manos en los bolsillos.
un auto estacionado cerca de los graffitis pasaba hip-hop a todo volumen y, en un principio, me molestó la música, reconozco, pero después, cuando decidí ir a preguntarle sobre el puente a un tipo que tenía pinta de lugareño, caminé, sin querer, siguiendo el tempo de la canción, al ritmo de un rapero yanqui. escuché que los pibes se reían detrás mío pero me puse serio para hablar.
-perdoname, te hago una pregunta: ¿cuánto tiene de alto el puente? ¿sabés?
-en el punto más alto 70 metros y por acá tendrá unos 40 o 50.
dije mirá vos al mismo tiempo en que descubrí que al costado del puente, por donde pasa el tren, hay una especie de garita de caños sin techo donde, en algún momento, debe subir alguien sin vértigo a cumplir alguna función. mientras tanto, el tipo me demostró que la gente del interior siempre tiene unos minutos más para dedicarle a uno amablemente.
-por acá pasan barcos con 6 mil o 7 mil autos, viste. no es joda. por estadística pasan 33 mil barcos por año así que hacé la cuenta... son grandísimos, ya vas a ver, hoy seguro pasa uno mientras ustedes están acá, son como edificios acostados en el agua.
lea me hizo saber que había llegado la comida: bien, la puta que los parió, les gritó a los pibes. le agradecí al tipo sin que se notara que dejaba de hablar porque moría de hambre, se presentó como jorge, y me fui a comer los sandwiches de milanesa completos que habían traído el beto, pablo y el negro. tardaron bocha, les dijo nacho. decime que se comieron unas papafritas, presioné yo. papas fritas con birra mientras esperábamos que los hagan, contestó el beto. bien. era lo que tenían que hacer, los felicité como si tardar tanto sólo fuera justificado de esa manera y no por las veintipico de cuadras que había que caminar.
terminado el almuerzo, los rockeros se fueron a armar y a fumar marihuana a un pie del puente algo más alejado. a los cinco minutos, llegaron los grafiteros para certificar el sector como el estrictamente porrero del puente. las dos tribus se miraban de reojo, respetándose, cada uno en la suya. lea comentó que, charlando con uno, se enteró que las letras raras son las firmas de cada uno en código, que sólo las entienden los que están en la onda y que algunos habían venido desde fuerte apache. cerca de casa, pensé mientras no podía evitar el detalle de uno de los hip-hoperos que tenía el cierre de su campera subido hasta el mentón por el frío pero que, así y todo, había sacado las tres cadenitas doradas al, ya insignificante e insultado, sol de zárate.
media hora después, cuando yo le estaba sacando fotos a la banda que estaba en el escenario, de la nada, apareció jorge y me señaló un edificio gigantezco que hacía la plancha en el agua. azorado lo vi pasar sigiloso como un cocodrilo debajo del ciempiés que permanecía estoico en su abertura de patas. ni siquiera pude fotografiarlo. bajé la vista y volví a ver a los graffiteros en la suya, ya sin hip-hop, respetuosos del rock, y recién en ese momento me llamó la atención que estuvieran ahí:
-¿hay movida de hip-hop acá? -le pregunté a jorge.
-no...
-¿y por qué los invitan?
-debe ser por eso. porque acá no hay movida de nada.
-pensar que allá si los engancha la policía pintando tienen flor de quilombo -terminé diciéndole y cuando giré para ver qué decía no estaba. se había ido de repente.
seguí sacando fotos y, terminado el show, poco antes de irnos, miré el puente por última vez, como una despedida estúpida, y vi a un tipo metido en la garita de caños altísima cumpliendo su función enigmática. a lo lejos, me pareció que era jorge por el color de la campera.


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