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Aquel cumpleaños de mierda. Me lo acuerdo bien. Mi viejo había alquilado uno de esos trencitos con muñecos ridículos, Pantera Rosa y todos esos que a mí me gustaban, y no vino nadie. Así de simple. Nadie. Bah, mi primo y una compañerita. ¡Un tren...!
Yo cumplía cinco años y era medio antisocial, es cierto, y no había ido a ninguno de los otros cumpleaños que habían pasado durante todo el año. El nene alienado o algo así. Un raro, bah.
¡Como yo no había ido a ninguno de sus cumpleaños, ninguno había venido al mío! ¡Púdranse, manga de negociadores!. Eso digo ahora. En ese momento estaba más preocupado llorando, vestido especialmente para el cumpleaños con una de esas camisas ridículas que le compran a uno cuando es chiquito.

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