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v de verdugo
cuando tuvo que matar no dudó. nunca se había pensado verdugo y mucho menos de esa manera cruel y artera, pero la noche profunda, el recuerdo y sobre todo la venganza, esa sensación de arrebato interno que impulsa hacia ningún y cualquier lado, le permitieron que en ese momento no entrara en crisis, que fuera algo natural como rascarse la urticaria. el problema fue el después.
sentía una especie de distorsión profunda en los oídos. la muerte había pasado hacía ya un día y algunas horas, pero seguía con esa sensación que describen los ex combatientes. si alguien gatillara ahora mismo, aunque fuera una pistola de juguete, un niño jugando a matar de mentira con su pistola de juguete, se escondería; posición fetal, escabullido dentro de sí.
un matador de cabotaje. la muerte polizona, pasajera eterna de su vida, mochila de huesos roídos, insoportable la cintura y la sien. a veces, sin caer, caerse, profundo, hundirse, estampidos de nosequé, pim, pim, pim, mientras escucha hablar la piel grasosa, el bufido del colectivo al frenar, la máquina registradora de una perfumería, el frenaje violento, la espera del sonido consecuente... el choque que no fue.
la bruma del gentío paso a paso, los rostros inquisidores, la horca del cuello de la camisa, el celular vibrándole en la cintura y el apremio del tiempo para seguir disimulando con la rutina, telón grueso de toda anormalidad. un pie en la calle, mitad de calle, el semáforo que también ordena y, para el verdugo, esa oportunidad de poder terminar con la realidad tortuosa es más fuerte, un verdadero alivio, para lo abominable de esa vida sin v.

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hoy, capítulo cincuenta y cuatro de chico de country.
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voyeur

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