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perro muerto
discutía con su mujer mientras sacaba marcha atrás el auto del garage. se iba. incluso tocó la bocina para taparle los gritos llorosos y salió arando. rechinaron las gomas y se escuchó el impacto y el aullido seco. ambos se quedaron callados. el rostro de karina había cambiado: los ojos sorprendidos y los gestos acercándose de a poco al horror. darío había atropellado al cocker spaniel del vecino y ahora karina lloraba por la discusión y por el perro que estaba muerto, con la lengua afuera.
ella los ama y hubiera llorado por cualquier perro, pero darío, que no tiene nada en contra de los perros, no pudo evitar pensar en cómo le contaría aquello al puto; porque, para el barrio, y para ellos, su vecino, antes que vecino, era el puto. uno de esos putos que quieren mucho a sus mascotas, claro. y mucho más en el caso del cocker, que había aparecido cuando rolando -o roli, como se hizo conocer en este tiempo- ya vivía junto a su ex pareja. eso se había comentado entre vecinas y karina le había llegado con el dato una noche en que quería captar su atención, pero terminó siendo tan insignificante como el pedacito de churrasco escondido detrás de un premolar viendo el resumen de la carrera de fórmula uno de la madrugada del domingo.
todavía lloraba karina y él comenzaba a hacer el pozo en su jardín. colita correteaba de acá para allá con su aire de pizpireta todo el tiempo, olía y hacía la fiesta del perro muerto moviendo la cola y ladrando a puro salto. el cielo negrísimo entregaba una llovizna digna de verano sofocante y karina, muy triste, lo observaba todo desde el techito del patio, al lado del tender colgado en la ventana, conteniendo el pensamiento ingrato: su marido le estaba destrozando su estupendo jardín cuidado y sembrado durante toda la primavera por un pobre perro que había atropellado por discutir con ella.
la lluvia ya no era llovizna cuando terminó el pozo. exhausto, sólo le quedaba hacer entrar al perro. tenía las patas duras, sucias con mierda y orín, y por más que lo intentó, le fue imposible meterlo en aquel pozo. corrió al perro, lo observó, la boca abierta, la lengua afuera, los ojos abiertos, miró la pala, la tierra ya húmeda, sus zapatillas embarradas, sintió el puntazo en aquella vieja hernia de disco, y no quiso cavar más. observó a karina detrás de la catarata de agua que los separaba y agarró las patas del perro y se las quebró con fuerza y asco, menos fuerza que asco. crack, crak, y más asco. karina volvió a romper en llanto, como acompañando la descarga eléctrica de los relámpagos que parecían partir el cielo en dos, y luego el trueno, claro.
una hora después, con el cocker enterrado, las zapatillas en el patio y darío bañándose, karina se dio cuenta recién ahora, al mismo tiempo en que preparaba un té con limón para el futuro engripado: darío no le diría jamás a su vecino gay que le había matado el perro.
darío salió de bañarse con la toalla a la altura de la cintura y, cuando iba a entrar a la habitación, ella lo detuvo.
-no es justo que no le digas que le mataste el perro.
-le ¡ma-ta-mos! querrás decir.
-vos lo mataste.
-...
-tenés que decirle. en serio.
-andá, decile vos y que lo desentierre él.
-pero...
volvieron a discutir y ninguno de los dos se animó a comentarle nada a su vecino, que jamás preguntó nada. karina lo cruzaba cada mañana y se saludaban con la cortesía falsa de los vecinos. en el barrio tampoco decían nada y darío se sentía aliviado. nunca pensó que un conflicto así, que había sido tomado con tanto tremendismo desde un comienzo, hubiera tenido un desenlace tan simple, pero karina tenía curiosidad: el dueño de un perro no podía no hacer nada si no encontraba a su mascota por semanas.
el enigma se terminó la tarde de un sábado soleado en que se escucharon gritos desde la calle. la voz del vecino interrumpió el programa de tv y ellos dudaron en salir. primero observaron por las aberturas de la persiana, como debería estar haciéndolo todo el barrio: el puto discutía a los gritos con su ex. se insultaban de una forma graciosa, como de sainete argentino. mejor no salir, habrán pensado, era mejor observarlo todo por la ventana. incluso aquella despedida reveladora en que el ex recriminó furioso por eros.

-¡¿dónde lo tenés, hijo de puta?!
-¡no lo tengo!, se escapo. se fue atrás tuyo.
-¡vos me lo regalaste!, el perro es mío.
-te digo que ese perro estúpido se fue. no sé.
-¡hijo de puta!
silencio. darío y karina se consultaban con miradas. lo del perro no había quedado en aquella indiferencia del vecino. otra vez les volvía aquel tema del perro duro con las patas quebradas bajo la tierra. darío volvió a mirar por la ventana y, como si lo estuviera esperando, el puto pegó su zarpazo artero:

-ojalá te lo haya atropellado un auto a ese perro infeliz.

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