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marcos-5/último día
después del portazo, llamó el ascensor tocando el botón compulsivamente. no quería que ana repitiera otro escándalo en el pasillo. debió mentir, no decir nada de la reunión. no aprendía más. debió irse y ya, como se iba en ese momento. irse rápido, sin darle posibilidad otra vez del: ¡casi te matan, enfermo!; y mucho menos volver a justificar la causa como la última vez en que ana le revoleó un portarretratos y lo cortó en el pómulo.
desde hacía siete meses, no había diálogo posible. ana quería que dejara todo. ¡para eso me embarazaste!, le reclamaba. basta de reuniones, padre y punto: un hombre que trabaja y gana plata para mantener a su familia, marcos, un padre que tiene miedo por su hijo, algo normal ¿entendés? ¡eso es lo único que quiero!.
volvió a tocar el botón pero el ascensor estaba estancado en el 5 y, antes de no poder controlar sus ganas de fumar -hacía tres semanas que era un no fumador de los débiles-, terminó bajando por las escaleras. escuchó un ruido de puerta, pensó que era ana y aceleró el descenso. escapó. al fin. sólo era cuestión de hacer unas horas de tiempo en la calle, reunirse, volver cuando el dardo del sueño hubiera calmado a la fiera concubina, entrar sigiloso, juntar los destrozos y a dormir en el sillón.
y si lo esperaba despierta, gárgola agazapada, monstruo ojeroso, camisón y zapatillas para no lastimarse los pies, tendría que soportarlo todo otra vez: los insultos a los gritos, los trozos en el piso de vidrio y cerámica, poner la televisión a todo volumen y encerrarse en la trinchera de la casa: el baño. eso y, por sobre todas las cosas, evitar el patetismo de quedarse dormido sentado en el inodoro con los pantalones bajos y la revista de chismes abierta en el suelo.
apenas puso un pie en la calle se lo llevaron. no llegó a prender un cigarrillo.

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