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espinas
desde el momento en que llegamos de las vacaciones y descubrimos que nos habían robado en casa, la estabilidad mental que me proporcionaba una hipotética sensación de seguridad en mi hogar se esfumó. mis hijos son ahora un engranaje aún más grande en la maquinaria del miedo que uno por el solo hecho de ser un ciudadano está acostumbrado a soportar. por otro lado, tampoco es que me levante cada mañana y le rece al de arriba para que todo esté bien ni nada por el estilo. no lo tengo presente a toda hora. pero está ahí. me pincha apenas, sin urgencia, como una astilla encarnada en mi cabeza. lo puedo ver en mi cara reflejada en el espejo de la ferretería, ese que ponen para controlar que, cuando están buscando algo de espaldas, no le roben nada del mostrador. me veo despeinado, la cara gris, los ojos como huecos. todavía con el olor al vómito de mi mujer en la nariz, comprando un reemplazo para las puntas de vidrio que yo mismo había puesto en mi medianera y que los ladrones habían hecho añicos, puta que me parió, con un simple martillo o un cascote.
salí de casa. con arcadas y todo. mi escape triunfal. el hombre de la casa, sin valor, aterrado, abre la puerta y se va, así, de golpe, sin decir nada, mintiéndose la urgencia como si fueran a robarle otra vez, ya, en cinco minutos. karina se quedó con los chicos, vomitada, destruida, les explica el desastre y los abraza mientras lloran por la tele y la computadora, seguro. pero camino apurado, rápido, no hay quien me detenga, soy un padre y esposo aterrado, tengo derecho a todo. doblo a la izquierda en la esquina de la panadería con gesto grave, saludan, no respondo, no quiero hablar del tema, llego a la ferretería y el buen día hipócrita.
el ferretero, que transpira como un sapo y me hace sentir realmente el calor que hace, me señala con el dedo extendido hacia la pared una seguidilla de diferentes pinches negros diseñados para las medianeras y busco el más dañino; el mejor método de tortura mental, a distancia y por anticipación que exista en el mundo. yo, que le tengo terror a las abejas, intentando defender mi hogar y mi gente con la ayuda pedagógica del ferretero indignado por la noticia; un ferretero energúmeno, casi taxista, nada sentimental, vendedor: porque con esto... esos hijos de puta... y yo, pulido impecablemente por el miedo, lo escucho sin poder evitar mirarle las aureolas de los sobacos que asoman sin la necesidad de que gesticule demasiado; lo entiendo, le digo ahá y también lo interrumpo subiendo un poco el tono: está bien, me llevo esas que tienen forma cruzada, así, le figuro con las manos. pero el ferretero me mira con cara de no entiendo y, con una amabilidad que podría ponerse en tela de juicio, le digo: esas, las… quintas de arriba para abajo… no hay caso. entonces, ya harto, mantengo el índice derecho como puntero y le cuento las filas de pinches con los cinco dedos de mi mano izquierda: uno, dos, tres, cuatro, cinco… aaaaaaaah, logra ubicarlas, pero parado en el colmo de mi estupidez por no poder hallar la palabra espinas, insisto: esas que se parecen a las que tenía jesús cuando lo crucificaron, y el caradura me mira horrorizado.

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