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marcos-6/kafka
nunca había estado tres días a la deriva, sin nada que hacer ni lugar dónde ir. caminó horas y horas, exploró, y sólo se detuvo para dormir, comer y comprar coca-cola. durante el encierro había extrañado la coca-cola. su hijo, su mujer, todo lo que lo destruía por dentro, pero el hombre también está hecho de estas pequeñas cosas, costumbres. por eso, cuando volvió a beber ese gusto dulce y las burbujas le cosquillearon el paladar se sintió estúpidamente completo; eructó salvaje, alarido leónico, y ya habría tiempo para volver a las implosiones solapadas de caballero inglés.
una de las dos noches, descansó en un banco de la estación de tren; no sabía por qué razón, pero ahí los perros no ingresaban con tanta facilidad. durmió sentado porque pensó que la imagen desde lejos de un tipo sentado era más activa la de alguien acostado que presumiblemente estaría durmiendo. obvio. cuando despertó era todavía de madrugada y no había sol. no había podido casi dormir. sólo descansó en alerta, perseguido, una especie de stand by para ahorrar energías pero nada de desenchufarse. el cansancio de la caminata nunca pudo contra el vibrato intraterreno de cada arribo del tren y el posterior anuncio por altoparlantes. abrió los ojos de a poco, pero sabía que no iba a volver a intentar dormirse. vio gente que subía y más gente que bajaba del tren y en ese vistazo percibió la presencia de un hombre recostado al otro lado del banco. se paró sobresaltado y ese movimiento lo despertó.
tranquilo, kafka, que no muerdo como esos perros de mierda, le dijo el hombre; hablaba como en cámara lenta, parecía borracho. aunque su cuerpo estaba estático, marcos estaba en guardia, ya había tenido demasiado con su primer encuentro callejero. el tipo siguió: tranquilo, kafka, tranquilo, soy sólo un escritor frustrado durmiendo en su último lugar de trabajo, en definitiva, un colega, nada más que eso. marcos no dijo nada. siguió mirándolo fijo y le descubrió su joroba mientras se incorporaba; su almohada era un mamotreto de hojas de diferentes tamaños atadas. el escritor sacó un cigarrillo medio roto del bolsillo izquierdo del pecho de su camisa roñosa, lo miró como inspeccionándolo, se peinó el bigote cano y aceitoso como si corriera la cortina de su boca, lo partió a la mitad y encendió una punta.
te parecés a kafka, insistió. volvió a pitar y justificó: por las orejas, viste. marcos se dio vuelta y comenzó a caminar. el escritor quedó solo, hablando como un loco. marcos sintió que tenía que irse. no le interesaba establecer contacto con ese tipo, ni con nadie. en pocos pasos, llegó a los molinetes de la estación y saltó. después de unos metros, caminó con el alivio de no ser visto, la invisibilidad de ser nadie.

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